La marca

Anillos de puros hechos especialmente para presidentes de la república antes de 1959 y otras grandes personalidades. Colección de la boutique de Little Havana.
La historia
La historia
Antes del gran boom del tabaco en los años treinta, los fumadores más exigentes no compraban sus puros: los mandaban a hacer. Incluso muchas fábricas debieron producir ediciones limitadas para clientes privados. Esa tradición se mantuvo viva en el campo, entre los productores de tabaco, y en las pequeñas boutiques de puros de las ciudades, entre los torcedores.
Cuando la dictadura de Fidel Castro tomó el control de la industria de los habanos y expropió los negocios, en Cuba se prohibió hacer puros por cuenta propia. Aun así, la tradición sobrevivió: productores en el campo, torcedores en la ciudad e inmigrantes cubanos en el exilio guardaron el arte y los secretos de los custom rolls de manera clandestina.
Clandestinos es un tributo a esa forma de hacer puros.

El reto
El reto
El reto detrás de Clandestino nació de una idea muy clara: crear fuera de Cuba un producto que pudiera acercarse a la experiencia de un auténtico tabaco cubano, pero sin disponer de materia prima cubana. A esto se sumaba otra dificultad: con el paso del tiempo, las técnicas de torcido habían evolucionado de manera diferente en países como Nicaragua, Honduras y República Dominicana, alejándose de ciertos principios de la tradición cubana.

La armonía
La armonía
Sin embargo, el desafío iba mucho más allá de la construcción. Para nosotros, una de las características que verdaderamente distingue al tabaco cubano es su armonía. Un tabaco puede ser fuerte, suave o de intensidad media, puede presentar distintos perfiles de sabor, pero debe mantener un equilibrio durante toda la fumada. Esa armonía, esa capacidad de integrar diferentes características sin que ninguna desbalancee el conjunto, era precisamente lo que queríamos conseguir.
Nuestro objetivo no era simplemente reproducir un sabor, sino recrear esa coherencia interna que caracteriza al tabaco cubano. Para lograrlo, necesitábamos desarrollar una manera diferente de trabajar las mezclas, prestando especial atención no solamente a la selección de las hojas, sino también a su manipulación y a la función que cada una desempeñaba dentro del cigarro.

Quince días
75 intentos
Afortunadamente, contábamos con un equipo de tabaqueros y maestros mezcladores de muchísima experiencia. Comenzamos a trabajar juntos, desarrollando y probando innumerables combinaciones. Sin embargo, los resultados no llegaban. Para ponerlo en perspectiva, en una jornada de trabajo se podían desarrollar fácilmente cinco mezclas diferentes. Pasamos quince días consecutivos haciendo aproximadamente cinco mezclas diarias, sin conseguir una sola que respondiera verdaderamente a lo que estábamos buscando.
La frustración fue tal que llegamos a considerar seriamente abandonar el proyecto. Después de tantos intentos, comenzábamos a pensar que quizás aquello que pretendíamos conseguir simplemente no era posible.

Registro de marca auténtico de Dos Cabañas, La Habana, 1890.
El viejo tabaquero
El viejo tabaquero
Fue precisamente en uno de esos momentos de frustración cuando ocurrió algo que terminaría cambiándolo todo.
Sentado a nuestro lado, en la fábrica, se encontraba un viejo tabaquero que había sido una figura muy reconocida en el mundo del tabaco. Durante las décadas de 1940 y 1950 había viajado por diferentes partes del mundo realizando trabajos especiales y elaborando cigarros personalizados, lo que conocemos como custom rolls. Era un hombre con una trayectoria extraordinaria y un conocimiento acumulado durante toda una vida dedicada al oficio.
Cuando tuvimos la oportunidad de conocerlo, lamentablemente ya padecía un Parkinson avanzado que le impedía continuar torciendo tabacos. Aunque sus manos habían perdido la capacidad de ejecutar el oficio, su conocimiento permanecía intacto. Aquel hombre, que desafortunadamente ya falleció, terminó compartiendo con nosotros una de las enseñanzas más importantes de nuestra vida como fabricantes.

La enseñanza
La enseñanza
Durante nuestra conversación nos explicó que una misma combinación de hojas podía producir resultados completamente diferentes dependiendo de cómo se manipularan los materiales. La posición de cada hoja dentro del cigarro, la manera de cortarla, su distribución y la forma de reorganizar la mezcla podían transformar radicalmente el resultado final.
Aquello tenía muchísimo sentido para nosotros, pero inmediatamente surgió una pregunta: si ese conocimiento era tan importante, ¿por qué no formaba parte de la enseñanza habitual de los tabaqueros? Su respuesta fue reveladora.
Nos explicó que antiguamente aquellas técnicas se utilizaban como un recurso habitual para elaborar cigarros personalizados. Sin embargo, con la llegada del comunismo a Cuba y la posterior estandarización de la producción, el objetivo dejó de ser que cada tabaquero pudiera crear productos diferentes y pasó a ser que todos elaboraran los cigarros siguiendo procedimientos uniformes. Como consecuencia, aquellas prácticas fueron desapareciendo progresivamente de la enseñanza y del trabajo cotidiano en las fábricas.

Anillos de chinchales de Cuba anteriores a 1958, los pequeños talleres donde se hacían los custom rolls.
Quienes lo preservaron
Quienes lo preservaron
No obstante, algunos tabaqueros continuaron preservando esos conocimientos y elaborando cigarros personalizados de manera clandestina, manteniendo viva una tradición que había quedado fuera de los métodos oficiales de producción.
Aquella conversación nos marcó profundamente. No solamente nos había mostrado una perspectiva completamente diferente sobre la elaboración de las mezclas, sino que también nos había acercado a una parte de la historia del tabaco cubano que desconocíamos.

El sueño
El sueño
Esa noche llegó un sueño. Probablemente influenciado por la profundidad de aquella conversación y por los días que llevábamos obsesionados con encontrar una solución, el sueño mostraba un cigarro elaborado con determinados materiales, pero manipulados y organizados de una manera completamente diferente.
A la mañana siguiente, con aquella idea todavía muy presente, fuimos directamente a la fábrica para ponerla en práctica. Cuando explicamos lo que pretendíamos hacer, prácticamente nadie creyó que pudiera funcionar. Los maestros mezcladores y torcedores que estaban presentes consideraban que aquella manera de trabajar era demasiado poco ortodoxa, completamente alejada de lo que tradicionalmente se entendía como la forma correcta de construir un cigarro.

Y funcionó
Y funcionó
Pero había una paradoja extraordinaria en todo aquello: lo que entonces parecía poco tradicional era, en realidad, una recuperación de prácticas mucho más antiguas. La manipulación de las hojas como recurso para modificar las características del tabaco tenía raíces que se remontaban incluso a los tiempos de los aborígenes, mucho antes de que la industrialización y la estandarización establecieran los procedimientos que hoy muchos consideran tradicionales.
Decidimos seguir adelante con la idea. Y funcionó. Después de aproximadamente setenta y cinco intentos fallidos, aquella mezcla concebida durante un sueño se convirtió en la primera que finalmente conseguía lo que habíamos estado buscando.
Recordamos la sorpresa de las personas que estaban presentes. Los mismos maestros mezcladores y torcedores que inicialmente habían dudado del procedimiento querían entender cómo se había llegado a aquella combinación y, sobre todo, cómo se nos había ocurrido manipular los materiales de esa manera. La respuesta era tan sencilla como extraordinaria: había surgido de un sueño, pero de un sueño que difícilmente habría existido sin aquella conversación con el viejo tabaquero.

Un antes y un después
Un antes y un después
Esa primera mezcla marcó un antes y un después. A partir de ella comenzamos a desarrollar las demás mezclas que terminarían conformando el catálogo de Clandestino. Más importante todavía, aquella experiencia estableció una filosofía de trabajo que conservamos hasta el día de hoy y que aplicamos cada vez que desarrollamos un nuevo producto.
Aprendimos que una mezcla no se define únicamente por las hojas que la componen, sino también por la manera en que esas hojas se interpretan, se manipulan y se integran entre sí. Comprendimos que el verdadero arte de mezclar consiste en encontrar la armonía entre todos esos elementos, y que para conseguirla, en ocasiones, es necesario cuestionar aquello que hemos aprendido a considerar convencional.

El nombre
El nombre
Mucho tiempo después, cuando llegó el momento de darle un nombre al producto, aquella historia volvió a cobrar protagonismo. El nombre Clandestino no nació como una estrategia comercial ni como una simple elección de marca. Nació como un tributo a aquellos tabaqueros que, durante años, preservaron de manera clandestina conocimientos y técnicas que formaban parte de la verdadera tradición del tabaco cubano.
Hombres que continuaron practicando su oficio de una manera diferente, manteniendo vivos conocimientos que corrían el riesgo de desaparecer. Entre ellos, aquel viejo tabaquero que, cuando sus manos ya no podían torcer un cigarro, todavía fue capaz de transmitir una enseñanza que cambiaría para siempre nuestra manera de entender el tabaco.
Por eso Clandestino es mucho más que el nombre de un producto. Es un homenaje a quienes preservaron ese legado, a una tradición que sobrevivió fuera de los procedimientos establecidos y a la convicción de que la verdadera esencia del tabaco cubano no reside exclusivamente en su origen, sino también en el conocimiento, la sensibilidad y el arte de quienes lo elaboran.




